Martín Gouffier tiene 24 años y lleva seis meses pedaleando. Salió desde La Plata y su destino final es Colombia. Por día hace, hasta 120 kilómetros.

Son las 11 en Lima, Perú, dos horas menos que en Argentina, Martín Gouffier, de 24 años, está a punto de desayunar para comenzar su jornada laboral. Está de paso en la ciudad pero necesita juntar algo de dinero para seguir viajando. Es de San Luis y hace seis meses que recorre los caminos de Latinoamérica en bicicleta. No lo hace solo, lo acompaña  un amigo. Duermen en donde los encuentra la noche, comen lo que pueden comprar o lo que la gente les regala.  Le faltan más de 2 mil kilómetros para llegar a su destino final  Pasto, Colombia, en donde trabajarán unos meses en una plantación de café.

“Salimos el ocho de diciembre desde La Plata, con Lucho, con quien nos hicimos amigos en el viaje. Él es de Colombia y lo conocí en la estación Roca cuando estudiaba en el Bellas Artes. Decidimos hacer esta aventura después de haber charlado tres veces. Éramos prácticamente extraños”, contó Martín a El Diario de la República, a través de WhatsApp.

Sin saber por dónde iban a comenzar o qué ruta agarrar, fueron recorriendo pueblos guiados por los lugareños que les indicaban el camino. Transitó gran parte de Buenos Aires, sobre todo las localidades más pequeñas. Aseguró que conocieron otras realidades que nada  tienen que ver con todo el caos de la gran ciudad. Después encararon hacia Entre Ríos, Corrientes, Chaco, Santiago del Estero, Salta y Jujuy.

“El norte tiene una cultura ancestral muy fuerte y muy arraigada a sus raíces. De ahí cruzamos a Bolivia, por La Quiaca, fuimos a La Paz, Copacabana, la Isla del Sol. El siguiente destino fue Perú, anduvimos por el Cuzco y ahora estamos en Lima”, comentó.

El destino final de Martín es Colombia, tiene previsto llegar más o menos en un mes a la ciudad de Pasto, a dos horas de la frontera con Ecuador.  La fecha no es al azar, es la época en la que comienza la cosecha de café. La familia de su amigo tiene una plantación y trabajarán allí dos meses.

Hay días en los que pedalean hasta 120 kilómetros, pero no siempre pueden hacerlo. “Es relativa la distancia que hacemos. Depende de nuestra energía, las condiciones climáticas, las pendientes, a cuánto queda el pueblo más cercano o si ya nos agarró la noche. Vamos haciendo paradas porque lo que caracteriza a la bici es que es un vehículo de tránsito lento a comparación de otros. Tenemos que hidratarnos, comer y descansar”, relató.

Para pagar los gastos, llevan su música a restaurantes o colectivos para juntar algo de dinero o pintan murales. Pero también fueron mozos, chefs, cosecharon quinoa y hasta hicieron de peluqueros.

En estos seis meses, Martín y Lucho durmieron en muchísimos lugares. Iglesias, comisarías, casas de familias o amigos y hospedajes de “couch surfing”. Pero también hubo ocasiones en las que tuvieron que tirar las frazadas en la calle, al lado de estaciones de servicio e incluso, una estación de trenes abandonada de Bolivia, habitada sólo por ratas.

“El paradero siempre es una incertidumbre, el lugar al que vamos está definido pero no, dónde nos vamos a quedar, ni con quién. Sólo vamos con fe y mucha confianza. Lo que recibimos ha sido hermoso”, expresó Martín.

Recordó que una vez que estaban parando en Sáenz Peña, Chaco, varados y resignados a las tres de la mañana en la calle, alguien les ofreció asilo por unos días. “Mi compañero dormía y yo le estaba haciendo guardia a las bicis. Un muchacho nos vio y se acercó, entonces le pedí  si me prestaba su celular para mandar un mensaje de texto. Era para un amigo que conocía, que nos ofreció su patio para poner la carpa, pero nunca apareció. Así que mientras esperábamos le contamos nuestra historia. Al rato se fue a buscar a su novia a la heladería y cuando volvió, nos invitó a su casa, sin conocernos. Éramos dos pibes, llenos de mochilas y medios ‘crotos’ pero igual confió en nosotros. Nos hospedó tres días, no nos quería dejar ir”, contó.

Las ganas de Martín de recorrer Latinomérica en bicicleta era una idea que le venía dando vueltas en la cabeza hace tiempo. “Por cuestiones de cerrar etapas no llegaba nunca a concretarlo. Cuando cerró el hostel en el que trabajaba y vivía, elegí hacer finalmente el viaje, además lo sentí.  Y decidí  hacerlo en bici porque implicaba despojarse de muchas cosas, salir de la zona de confort”, expresó animado.

Sin dudarlo, aseguró que lo mejor fue encontrar la bondad de las personas por cada lugar que conoció. “Me sorprende la gente que nos cruzamos en el camino porque lo poco que tienen, lo comparten y lo dan sin esperar nada y eso es muy valorable”, manifestó.

Martín no sabe aún en qué va a volver a la provincia, está pensando en las opciones. “Queremos crear en Colombia un espacio cultural, ofrecer comida natural, terapia alternativa y también un lugar para aquellos que sufren de adicciones. Pero volveré a San Luis, allá está mi familia”.