El asesinato en Sarajevo del heredero del trono austro-húngaro llevó al inicio de la hostilidades un mes después.

¿Cómo un homicidio puede desencadenar la matanza de más de nueve millones de personas en apenas cuatro años y en el corazón de la cultura Occidental? El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria ocurrido en Sarajevo el 28 de junio de 1914 fue el motivo -o la excusa- para consumar el sacrificio de millones de vidas, provocar la penuria de las condiciones de existencia de una masa de seres humanos todavía mayor y trazar más que un nuevo mapa político, cosa que también hizo, una nueva configuración cultural.

Hace exactamente hoy un siglo, Gavrilo Princip, un estudiante nacionalista serbio, causó ese crimen en Sarajevo. El archiduque era el heredero al trono austro-húngaro. Con el murió también su esposa Sofía Chotek. Y todo pareció gatillarse hacia la conflagración.

La diplomacia se mostró inefectiva y el 23 de julio de 1914 el gobierno austro-húngaro decidió “reducir a Serbia” e imponer su poder sobre los Balcanes. Un duro ultimatum posterior fue seguido por un movimiento militar de invasión a Serbia, hecho que involucró a las alianzas de cada bando, provocando la participación de Alemania y Rusia en el conflicto.

El 28 de julio el imperio Austro-húngaro declaró formalmente la guerra y el 1° de agosto se inician las movilizaciones de tropas. Ya nada pudo detener la marcha de la destrucción. Freud pudo observar la escalada de la fuerza aniquiladora que se aloja en la civilización. Luego, en el otro extremo del siglo XX, Sarajevo padecerá nuevamente: el asedio al que ha sido sometida entre 1992 y 1996 durante la guerra de Bosnia ha mostrado la sobrevivencia de aquella furia exterminadora de un siglo atrás.

La Primera Guerra Mundial que comenzó al mes de ese asesinato no ha sido una guerra más en la historia. Es otra forma de guerra la que comienza, una que se emparenta a lo que vendrá después, con Auschwitz e Hiroshima, y tal vez aún más, hasta cercar nuestra historia reciente. Basta asomarse a un instante posterior de ese conflicto que se extenderá hasta noviembre de 1918: el 22 de abril de 1915 el regimiento alemán de Gas vació 5.700 botellas de gas clórico en Yprés, contra las líneas francesas, ampliando el campo de batalla hasta la atmósfera. En ese momento se formó una espesa nube de seis kilómetros de ancho que el viento hacia avanzar; los soldados no podían dejar de respirar, y respirar era intoxicarse. Se inició el dominio del aire para sembrar terror. Y la práctica del terrorismo será definitoria de nuestro presente.

Comenzó un inédito uso de la ciencia para la aniquilación. Hijo de la alianza entre ciencia y aparato militar, ese gas desarrollado por el químico Fritz Haber, director científico del programa Gas para la Guerra (Premio Nobel de Química en 1918) será proseguido por el Ciclón A, que se inventa en 1920 para desinfectar estancias plagadas de insectos, y por el Ciclón B, que será utilizado para exterminar judíos, y por las nubes de Nepalm con el que EE.UU. envolvió a pueblos enteros en Vietnam. Pero claro, el gran fruto de esa alianza explotará al final de la siguiente guerra mundial en Hiroshima, mostrando un linaje de continuidad entre las dos guerras mundiales.

Walter Benjamin, el ensayista alemán que no logró sobrevivir a la Segunda Guerra, conceptualizó la mudez con la que regresaban los soldados de la Gran Guerra a los hogares de un modo que sigue marcando nuestra época: crisis de la experiencia. La Primera Guerra abrió un abismo. Y de ese vacío somos herederos.

El filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein terminó su intervención en la Guerra en el campo de concentración de Monte Cassino. Allí esbozó trazos de su genial Tractatus lógico-philosophicus; en ese libro afirma haber resuelto los problemas de la filosofía de una vez y para siempre, a la vez que señala lo poco que se logra con tal resolución. La crisis que implica la Primera Guerra se traduce en un silencio trágico, en pérdida de atributos de la conciencia. Pocas obras de arte, entonces, lograrán condensar mejor el espíritu de la época que el “Cuadrado negro” que en 1915 pintó Kasimir Malévich en una Rusia donde se gestaba la revolución. Movilizaciones, vanguardias, masas y violencia, mucha más violencia y dolor: genocidio armenio, guerra civil española, el archipiélago Gulag, la Shoá, y más matanzas desde entonces. Un pensador muerto en 1900, Nietzsche, esbozó lo que vendría: nihilismo, aridez, desierto. La época iniciada hace un siglo querríamos que no fuera más la nuestra.

Video a 100 años del inicio de la Guerra. Hoy en www.clarin.com