Tres años buscaron e investigaron quién mataba de esa manera a los gatos en Londres. Los mininos aparecían descuartizados, decapitados, tras un festival nocturno de sangre y depravación. Cuánto tiempo pasaría hasta que el asesino se cebara con una persona.

Para una nación, como Gran Bretaña, llena de amantes de los animales, se estaba ante uno de los monstruos más fascinantes de la era moderna. Informes en noviembre de 2015 de gatos hallados mutilados en la zona de Croydon, en el sur de Londres, con la cabeza y la cola arrancadas, provocaron titulares en los medios de que el “asesino serial de gatos de Croydon” andaba suelto. Y los temores crecían de que volviera a atacar.

Casi tres años, cientos de gatos y dos conejos muertos, exámenes forenses, pruebas de ADN y análisis detallados de cámaras de seguridad después, Scotland Yard hizo un anuncio: no hay humanos entre los culpables.

Y fue entonces cuando el dedo acusador apuntó hacia un cruel asesino: el zorro.