Con la oración de ayer con los presidentes de Israel y de los territorios palestinos por el fin del largo conflicto en Oriente Medio, el papa Francisco confirmó su voluntad de ser un activo promotor de la paz mundial. Así, busca recuperar el terreno que había ocupado Juan Pablo II y que abandonó su antecesor, Benedicto XVI, más preocupado -como destacado teólogo e intelectual- por los desafíos que la modernidad le plantea a la Iglesia. El papa polaco -como bien lo sabemos los argentinos- evidenció de entrada su liderazgo pacificador apenas dos meses después de asumir el pontificado, en 1978, al detener una guerra inminente entre la Argentina y Chile por el diferendo en la zona austral y luego mediar con éxito entre ambos países. Pero lo más destacado de su accionar fue el papel relevante que jugó en el desmembramiento del imperio soviético, que comenzó en su Polonia natal, con el fin de la dictadura comunista. Francisco tampoco se demoró en mostrar su vocación de impulsor de la paz. En setiembre pasado –5 meses de ser elegido papa–, convocó a una jornada de oración ante la guerra civil en Siria que, para muchos, fue clave para frenar un ataque encabezado por los EE.UU. contra el régimen de Al Assad, que el pontífice consideraba que hubiese traído más problemas que soluciones. Unos días antes, Francisco le había escrito al presidente Vladimir Putin, en vísperas de la reunión del G8 en San Petersburgo, justamente para pedirle a las grandes potencias un esfuerzo a favor de una solución negociada al conflicto sirio. El presidente Barack Obama apreció el liderazgo de Francisco y, sin ahorrar elogios, lo visitó a fines de marzo. La nueva, sorpresiva y audaz movida del Papa despuntó en su reciente viaje a Tierra Santa, cuando invitó a Shimon Peres y Mahmud Abbas al encuentro de ayer. Convencido de que la paz se construye con pasos grandes y pequeños, Francisco quería hacer un gesto. Atrás quedaban meses de discretos contactos, que el propio Jorge Bergoglio monitoreó en persona para asegurarse que ambos líderes aceptaran el convite. En realidad, la idea era que se encontraran en Jerusalén, durante la visita papal, pero problemas políticos lo impidieron. Así, surgió agónicamente en vísperas de su viaje la alternativa de que el escenario fuese el Vaticano. Francisco siempre aclaró que lo suyo no es una mediación, sino una apelación religiosa. En todo caso, un intento de favorecer un clima que permita restablecer las conversaciones, cortadas desde abril, cuando fracasaron las gestiones del secretario de Estado norteamericano, John Kerry. Precisamente, aquellos esfuerzos –Kerry viajó trece veces a Oriente Medio en el último año– no incluyeron encuentros cara a cara entre las partes. Para el Papa, es fundamental recrear la confianza a partir del contacto personal. Habrá que ver qué les dijo Francisco en la reunión privada que mantuvieron tras la oración. Si de su reconocida “cabeza política” surgió algo que permita vislumbrar una “lucecita de esperanza” para un conflicto que para muchos es insoluble. Por lo pronto, apostó a aquello de que “de los laberintos se sale por arriba”.