El historiador Jesús Liberato Tobares indaga los orígenes y el sentido de un legado que también constituye la identidad sanluiseña.

Tobares es un referente obligado para entender la Puntanidad. Pero en esta ocasión, el disparador para entrevistar al folclorólogo de San Martín fue el último Nobel de Medicina.

Este año, la investigadora Tu Youyou, casi una desconocida en su propio país, se convirtió en la primera mujer de China que recibió la distinción. Tu comparte el Nobel con el irlandés William C. Campbell y el japonés Satoshi Omura, por sus avances en la lucha contra las enfermedades parasitarias.

La gran sorpresa es que Youyou, de 84 años, es miembro de la Academia China de Medicina Tradicional. Revisando antiguos textos y remedios populares de su país, descubrió la artemisinina, un fármaco para la malaria, que salva la vida de 100 millones de niños por año.

En su libro “Médicos y boticarios puntanos de antaño” Jesús Liberato Tobares, ya en 1994, habló de conservar los saberes medicinales tradicionales enraizados en un profundo sentido de humanidad.

Más de una década después de aquella publicación, Tobares enseña: “Lo que usaban los curanderos ha estado en la base de la historia de la medicina. No se puede despreciar lo que tiene la medicina tradicional. No digo que se reemplace una por otra”.

En su escritorio, a los 86 años, rodeado de libros y detrás de una máquina Olivetti que aún usa para escribir, Tobares desmenuza décadas como si las hubiera vivido ayer.

Su obra señala que durante los albores de la Puntanidad “el médico fue perito de dolencias físicas y espirituales, psicólogo y sacerdote, consejero y padre, y el diagnóstico: un vuelo metafísico más cerca de la adivinación que de la realidad objetiva”. Además tenía una cálida singularidad. “Aquellos médicos de antaño curaban hombres, no órganos ni enfermedades, el hombre en su colosal magnitud existencial”, señala el historiador que fechó a la primera noticia referida al ejercicio de la medicina en la provincia el 15 de marzo de 1737.

En los inicios, fueron numerosos los casos de particulares que carecían de título habilitante y “no escaparon de esta regla los curas y jueces de Paz que además de sus funciones de deshacer entuertos y endilgar almas descarriadas, debieron, y nada menos que por mandato de su majestad el rey, desempeñar funciones de obstetras”.

De su pago, Tobares destaca afectuosamente la labor de los médicos italianos José Quinto Ghirardotti y a Elmino Tosi, a mediados del siglo pasado.

“Don José no solamente visitaba a los enfermos sino que conversaba con el resto de la familia. Elminio Tosi tenía una experiencia notable porque había estado en la guerra; en San Martín y otros pueblos realizó varias hazañas”, indica.

Tobares sólo utiliza máquina de escribir para investigar y publicar.

Tobares sólo utiliza máquina de escribir para investigar y publicar.

El investigador además conoció a curanderos de San Martín y Laguna Larga. Todavía hoy recuerda cómo uno de ellos curó a su hermana que sufría de parálisis facial con aceites, fricciones y plantas locales. También menciona remedios antiguos como cogollos de chañar con propiedad analgésica y aceite verde para el dolor de oído.

“Aún hoy hay curanderos que conocen muy bien las propiedades curativas de las hierbas y los procedimientos”, afirma el historiador que hasta le dedicó unas coplas a la curandería. “Para la tos té de peje con flor violeta y sauco; para el empacho infusión de hojas de tala y durazno. Malva, llantén calaguala, para las llagas y heridas, y si la sangre está mala carqueja y zarzaparrilla. La culebrilla se cura rodeándola con la tinta. Para afección de riñones pelo de choclo y doradilla. Si la ‘ojeadura’ es reciente hablar antes que le ganen; si la querencia está lejos hierba de quitapesares. Para el mal de amor, casorio; para el olvido, olvidarse. Por prendas que tienen dueño no hay que buscar de curarse”, poetiza.

Tobares considera que el hombre del folclore puntano tiene valores tan importantes como los académicos y hay que evitar que se lesionen, por eso opina que rescatar el legado de la medicina tradicional es hacer Puntanidad.

Su sentir se fundamenta con la lectura de “Los curanderos, mis colegas” del doctor Samuel Tarnopolsky y el ejemplo de René Favaloro cuando era médico rural.

Jesús Liberato rescata este saber “porque hay cosas que la gente del campo tuvo en cuenta para su vida y sobre todo por su forma de prestar el servicio con absoluta entrega y solidaridad”.

“En varias partes del mundo se ha reconocido la importancia de la medicina tradicional y de aprovecharla. Esto va unido con los valores morales que manejan los curanderos y los médicos. Los curanderos muchísimas veces han hecho un enorme sacrificio para prestar una ayuda a sus vecinos. Mujeres que apenas podían andar no tenía ningún problema de subir a caballo y andar cinco leguas, por ejemplo, para auxiliar a una mujer que se estaba muriendo en el parto”, agrega.

“Es difícil encontrar a alguien que conozca todas las propiedades medicinales de las hierbas como las conocía mucha gente antes. Hay que ponerse en la situación sociológica, cuando usted está solo y no tiene quién lo ayude, en esos casos es cuando era útil la ayuda del curandero”, dimensiona.

El historiador de 86 años es un referente obligado para entender la Puntanidad.

El historiador de 86 años es un referente obligado para entender la Puntanidad.

En su libro, el historiador también advierte sobre la “medicina rigurosamente tecnificada, donde se borran los últimos vestigios de un humanismo tecnificado”. Un párrafo adquiere hoy plena vigencia: “La cuantificación y la abstracción están quitando a la vida humana su esencia primaria”.

Ante este panorama, el folclorólogo pide equilibrio entre conocimiento y saber popular. “La medicina ha tenido un origen modesto, porque los primeros médicos españoles, por ejemplo, eran barberos”, apunta.

“Médicos y boticarios puntanos de antaño” rastreó también los orígenes de la odontología y de la veterinaria. Incluso revela detalles de la botica “La Caridad”, de la ciudad capital, que ofrecía un “collar para facilitar la salida de dientes y evitar la alferecía, epilepsias, aires y convulsiones en chicos y grandes”.

Asimismo cuenta que la primera droguería, según el diario “El Ferrocarril”, aparece en 1890, ubicada en calle Pedernera esquina Rivadavia y que “la venta de medicamentos en las pulperías y almacenes de ramos generales de antaño es cosa averiguada y documentada”.

Por otro lado, mediante la institucionalización de la semana de la Puntanidad y el Sanluisismo, Tobares asegura que se ha reavivado el interés por la historia. Aunque del pasado su investigación puede leerse como clave para el futuro: “Médicos honestos que en la comunidad asumen la categoría de patriarcas y tienen idoneidad y autoridad moral para combatir las enfermedades físicas y espirituales”.