En diversas ciudades del este y el sur del país se multiplican los enfrentamientos, en los que además participan grupos pro occidentales. Hay al menos 60 muertos. Rusia advierte sobre una “catástrofe”.
Con combates en las calles y batallas campales entre facciones pro rusas y pro occidentales, el este y sur de Ucrania, parece haber entrado en un estado de descomposición y en una crisis fuera de control. La “operación castigo” que el gobierno interino ucraniano pro norteamericano lanzó sobre las poblaciones autonomistas filo rusas no ha resuelto el problema de autoridad. Más bien ha galvanizado la situación provocando más de medio centenar de muertos.

Ayer se libraban combates en Kramatorsk, uno de los bastiones insurgentes en la amplia región minera de Donetsk, en el este de Ucrania (ver mapa). “Avanzamos en Kramatorsk, bajo intenso fuego terrorista”, dijo el ministro de Interior ucraniano Arsén Abákov. Es el término despectivo con el cual el régimen interino de ese país identifica a los separatistas.

Los pobladores, que demandan la anexión a Rusia, tendrían un fuerte control de la ciudad de Slaviansk donde se han producido fuertes enfrentamientos estas últimas horas con el saldo de 15 muertos. Cerca de ahí, en Lugansk, justo en la frontera, se produjo un asalto por parte de insurgentes armados pro rusos contra un centro militar. Dos soldados leales a Kiev resultaron heridos.

En Odessa, hacia el sur, se confirmaba que hubo 31 víctimas fatales en un edificio incendiado presuntamente por milicias pro occidentales, uno de los episodios de mayor horror de esta crisis. El número sube a 46 en otros incidentes. El Kremlin calificó de “crimen nazi” ese hecho así como el lanzamiento de tropas contra las poblaciones civiles. Dijo que era “un nuevo Khatyn”, en alusión a la localidad de Bielorrusia en la que las tropas de Hitler prendieron fuego a 149 personas en 1943.

Esas referencias no son ingenuas. Rusia apunta a despertar el fervor patriótico de su pueblo con vistas al aniversario, la semana próxima, de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial, que los rusos denominan como “la Gran Guerra Patriótica”.

La decisión de batalla de ambos bandos es de envergadura tal que la gente se coloca entre las fuerzas armadas y los objetivos que pretende tomar para impedirles el paso. En Gorlovka, un importante centro minero de la industria química con 270.000 habitantes, el doble que en Slaviansk, el diario español El País reportó una arriesgada maniobra de unas Milicias Populares de Donbas, el grupo pro moscovita que controla toda la ciudad. Con uniforme de campaña sin distintivos, los milicianos redoblaron el control sobre el ayuntamiento y el departamento central de la policía ocupados el miércoles. En el lugar esperan un inminente asalto del ejército de Kiev. “Esta todo preparado. Los habitantes civiles de Gorlovka se interpondrán entre el edificio y los soldados a modo de escudos humanos”, explicó Alexander Borojlov, uno de los civiles de guardia.

El gobierno ruso reclamó al de Estados Unidos que detenga las acciones del ejército ucraniano. Hay preocupación en el Kremlin porque la autonomía de estos levantamientos está provocando un reguero de sangre que puede acabar presionando para que Rusia intervenga en el Este y el sur, medida que el presidente Vladimir Putin ha venido eludiendo.

“Como ya hemos advertido en numerosas ocasiones, emplear al ejército contra el propio pueblo es un delito y lleva a Ucrania a la catástrofe ”, dijo un comunicado de la diplomacia rusa. En una medida que confirma que, al revés del caso de Crimea, Moscú no pretende intervenir ésta vez aceptando la demandas de anexión, propuso “organizar un verdadero diálogo político en igualdad de condiciones con participación de todas las regiones para elaborar un acuerdo aceptable para todos sobre el futuro del país”.

Esa iniciativa apunta en su extremo a salvar las elecciones nacionales del 25 de mayo, donde se supone que cualquiera que triunfe acordaría con Moscú debido a la dependencia económica que el país mantiene con Rusia.

Ucrania está en una virtual bancarrota. El FMI le prometió un salvataje de US$17 mil millones pero a cambio de un plan de ajuste cuya extraordinaria dureza alimenta también la presión de los autonomistas.