Sus proteínas terminarán por formar parte de nuestra dieta, en un escenario de creciente población mundial y escasez de carne y agua, y granos más caros.

La ONU instó a luchar contra el hambre con insectos como alimento. (AP)

La población de Europa occidental no se va a poner a masticar insectos enteros a corto plazo, no importa lo que digan los entusiastas y defensores más estridentes de esa dieta. Hay normas culturales sobre la comida que son muy rígidas, y los insectos se considerarían intolerables.

En Gran Bretaña, la mayor parte de la población no puede soportar ni siquiera pensar en un langostino y se horroriza ante los ojos brillantes y las patas largas. Es muy improbable que esas personas vean saltamontes secos y los piensen en términos de almuerzo.

Pero las proteínas de los insectos terminarán por formar parte de nuestra dieta. Como siempre, el motor será la economía. La carne es cada vez más cara, en especial la vacuna, y en el futuro esa situación se agudizará conforme la creciente población mundial encarezca los cereales y granos, una parte excesiva de los cuales se utiliza como forraje.

Al mismo tiempo, las tierras dedicadas a pasturas se reducirán y la tensión en relación con el agua se intensificará. Para mediados de siglo, la mitad del planeta podría experimentar una crisis de agua, y parecerá obsceno permitir que vacas y ovejas se tomen lo que quede. Muchos especialistas consideran que, para hacer frente al impacto medioambiental del ganado, tendremos que reducir el consumo de carne a la mitad.

De todos modos, persistirá el apetito de proteínas, y es ahí donde hacen su ingreso los insectos. Los proyectos académicos que en la actualidad subsidia la Unión Europea para la liberación de proteínas de insectos –algo que no agrede el medio ambiente- derivarán en un producto que pueda utilizarse como sustituto de formas convencionales de carne, pero ya procesado en forma de salchichas, hamburguesas y lasagna.

La clave para que eso funcione será una de las artes más antiguas y oscuras: el marketing. No se proclamará que las hamburguesas en cuestión están hechas de insectos, sino que entre sus contenidos aparecerá un ingrediente llamado, por ejemplo, Riqueza Natural. Con esa pátina de marketing, los consumidores terminarán por aceptarlas e incorporarlas a su carrito de compras. Como pasa con tantas otras cosas, finalmente todo se reducirá a que el precio sea conveniente.

* Jay Rayner es autor del libro «Un hombre codicioso en un mundo hambriento», sobre los desafíos de la provisión de alimentos en el Siglo XXI.