El viaje a Francia coronará su agitada agenda que, a los 86 anos, la monarca ha comenzado a delegar.

La reina Isabel llegó el jueves a París para cumplir su ultima visita oficial. Octogenaria y ex chofer de ambulancia y mecánica en la segunda guerra mundial, la soberana británica es la última de las veteranas del conflicto aún en el poder y decidió que su ultimo viaje al exterior fuera a Francia y a las playas de Normandía, donde 16.000 soldados británicos murieron en el desembarco del “Día D”.

Eligió el tren, su transporte favorito. Un TVG gris y amarillo, que ella inauguró 20 años atrás y fue su primer pasajera oficial junto al presidente Francois Mitterrand, la depositó en la Gare du Nord, ante el asombro y la fascinación de los franceses. Su Bentley Bordeaux la esperaba en la puerta. De allí partió a la embajada británica, antes de su primer encuentro con el presidente Francois Hollande en el Arco del Triunfo.

“No tocarla”, repetían en el protocolo del Eliseo a funcionarios y periodistas. La reina apareció en un primaveral tailleur rosa bebé y un sombrero al tono, con sus zapatos marfil y su cartera de combate.”El uniforme” , como ella llama a su particular estilo, disenado por Kelly, su modista y vestidora, transformada en diseñadora top Royal. El presidente Francois Hollande cumplió el protocolo sin falla frente a la tumba del soldado desconocido. Antes se había resuelto otro problema: la ecuación entre el automóvil y el tamaño del sombrero.

Hollande enterró su auto hidrógeno ecológico para sumergirse en un Renault azul que permitiera a la reina sentarse cómoda con su “chapeau” rosa palido. El príncipe Felipe y el canciller Laurent Fabius los seguían en otro vehículo, cuando ellos descendían hacia el Palacio del Eliseo por los Campos Eliseos.

Una conversación de una hora “tete a tete” en el palacio del Eliseo entre el Jefe de Estado francés, la soberana y su marido, el príncipe Felipe, un nonagenario y veterano de la guerra en el Pacífico, que jamás pierde el sentido del humor.

Con un francés perfecto y “Francofile”, como les gusta decir a los franceses, Isabel II hizo una sóla demanda para su comida oficial en Francia el próximo viernes a la noche: Foie Gras. Una delicadeza francesa, prohibida en Gran Bretaña por crueldad a los animales que los franceses consideran el zumun de su gastrononia. Junto a un buen Debonnair antes de la comida, es una de las favoritas debilidades de la soberana de Windsor.

La alcaldesa de París, Ana Hidalgo, la acompañará el sábado al mercado de las Flores y los Pájaros de París, que sera bautizado con su nombre.

A los 86 anos , la reina tiene una agenda intensa que ha comenzado a delegar porque le duelen las rodillas y tiene fuertes dolores de espalda. Su hijo y heredero, el príncipe Carlos, junto a su esposa Camilla, la reemplazarán en las visitas oficiales. En los tours más largos apela al príncipe William y a Kate, duques de Cambridge, después de la exitosa gira en Nueva Zelanda y Australia con el pequeño George incluido.

Luego del té en el Eliseo, habrá “Garden Party” de la soberana para la comunidad británica en la embajada, a dos pasos del palacio donde vive el Presidente francés y en uno de los edificios con jardín mas lindos de París. Allí también durmió , antes de partir hacia Normandía, para la ceremonia de conmemoración del “Día D”.

Isabel II se despedirá de Francia y los franceses de ella. Nunca una reina ha despertado mayor fascinación en una sociedad. Su estilo, su charme, sus sombreros, los guantes, su impecable francés, su distante e impecable cortesía. Pareciera su ultimo y emotivo vínculo con la monarquía, después de la revolución francesa.