Hay siete candidatos. Pero sólo tres tienen chances reales de suceder a Ricardo Martinelli. Cualquiera de ellos puede ganar.
Roberto Peter espanta las moscas en la puerta de su tienda de abarrotes en El Chorrillo, un barrio apretado entre el cerro Ancón y las aguas brumosas del Pacífico. A las ocho de la mañana el sol ya abre una grieta en el asfalto agujereado y un olor fétido flota en el aire caliente, sobre la basura acumulada en la esquina por largo tiempo. Aquí ya no quedan recuerdos –al menos físicos– de la invasión norteamericana que hace 25 años sacó del poder al general Manuel Antonio Noriega, luego de bombardear sin compasión este suburbio de callecitas pobres y quietas, en donde estaba la comandancia general de las fuerzas de defensa de Panamá, al mando de “Cara de Piña”. Entre 2.000 y 3.000 muertos puso este caserío, convertido el 20 de diciembre de 1989 en tierra arrasada.

Roberto no quiere hablar de aquello, pero maldice por lo bajo a Noriega. Nunca le interesó la política, dice, y tampoco se muestra entusiasmado por las elecciones presidenciales que hoy decidirán al sucesor de Ricardo Martinelli para los próximos cinco años, en este país de poco más de 3,7 millones de habitantes, con una capital, Ciudad de Panamá, que algunos se atreven a llamar “ la Dubai de América, pero con pobres”.

Siete son los candidatos presidenciales, pero sólo tres tienen reales aspiraciones de poder. Y lo que resulta curioso, luego de una campaña discursivamente violenta para los estándares panameños, acostumbrados a la mansedumbre política, es que cualquiera de ellos puede ganar hoy, a juzgar por lo erráticas que han sido las encuestas: las hay para todos los gustos y candidatos.

De las cuatro elecciones celebradas desde el fin de la dictadura de Noriega, el resultado más ajustado se dio en la victoria por apenas cuatro puntos del entonces opositor Ernesto Pérez Balladares sobre la candidata oficialista Mireya Moscoso en 1994, presidenta luego entre 1999 y 2004.

Hoy, los 2,4 millones de panameños habilitados para votar –el voto es obligatorio– podrán elegir entre el oficialista José Arias, de Cambio Democrático (CD), y l os opositores Juan Carlos Varela, del Partido Panameñista (PP), actual vicepresidente –cualquier parecido con la Argentina es mera coincidencia–, y Juan Carlos Navarro, ex alcalde de la capital y jefe del Partido Revolucionario Democrático (PRD), el mismo del general Omar Torrijos, “Líder Máximo de la Revolución Panameña” –tal su cargo– entre 1969 y su misteriosa muerte en un accidente de aviación en 1981, de su hijo Martín, presidente entre 2004 y 2009 y, también, de “Cara de Piña” Noriega.

Los tres tienen con qué ganar las elecciones. El oficialista Arias –que lleva como candidata a vice a Marta Linares, esposa de Martinelli– puede proclamarse “el heredero del modelo”: Panamá ha tenido u n crecimiento económico promedio anual del 8% en los últimos 5 años, de los más altos de América Latina, que según el gobierno ha permitido alcanzar el pleno empleo y reducir la pobreza del 33% al 26% durante su mandato. A eso se le suman las obras faraónicas y visibles, de fuerte impacto electoral– como el metro de la capital, moderno y puntual, inaugurado hace unas semanas, o la llamada “cinta costera”, una larga autopista que hace una “U” metida en el mar y que reduce el tiempo de viaje entre los barrios populares y los más acomodados.

El “ex oficialista” y ahora opositor, el vicepresidente Varela puede decir que es la “cara prolija” de un modelo, al que se le achacan muchos vicios, como las fundadas sospechas de corrupción en esas obras y en todas, y la inequitativa redistribución de la riqueza, en un país en donde una minoría vive como en Dubai y otros muchos deben contentarse con las gotas que “salpica” hacia abajo la enorme cantidad de dinero que inunda a la economía panameña.

Navarro, en tanto, cuenta con un aceitado partido que conoce como nadie la maquinaria electoral y que tiene un líder histórico al que muchos añoran, como Torrijos, y dos ex presidentes que han hecho las cosas razonablemente bien durante sus gobiernos, como Pérez Balladares y Torrijos hijo.