Nunca lo quiso D’Onofrio a Ramón. Desde los tiempos de campaña, cuando el sillón presidencial de Udaondo y Figueroa Alcorta era una aspiración. Le marcó siempre la cancha. Y puertas adentro, en su más íntimo círculo, se habló de un plazo de seis meses. Lo deslizó el Beto Alonso en Tandil, durante la pretemporada, y tuvieron que salir a maquillar las palabras. Sin embargo, no escondía la realidad aquel furcio del “10” más emblemático de la historia de River. Ramón trató de acomodarse. Bajó el perfil, se mordió sus labios siempre picantes, dejó las chicanas guardadas en algún rincón del placard. No obstante, siempre supo que su relación con el mandamás de Núñez era un matrimonio por conveniencia.

Hasta que ganó el campeonato, esa vuelta olímpica postergada en los sombríos tiempos del descenso. Y de yapa, se quedó con la Supercopa. Fueron dos títulos en media docena de días, de la mano de Ramón, el técnico más ganador. Entonces, el Pelado dejó aflorar su verdadera personalidad. Se soltó en la charla con Clarín, hace apenas una semana: “Si querían una demostración, yo ya la di”. Y fue aún más desafiante en la larga entrevista: “Les voy a contar algo. Tenemos una reunión pendiente con D’Onofrio y Francescoli. Y un consejo que le puedo dar al presidente y a la Comisión Directiva es no quedarnos con lo que hicimos porque las exigencias en River son muy grandes (…) Hasta que no me junte con los dirigentes, no podemos ser más explícitos. Pero los voy a aconsejar de la mejor manera. Ellos tendrán su idea, yo tengo la mía”.

En esa idea de Ramón habitaba un plantel reforzado, sin las bajas de Lanzini, Alvarez Balanta o Vangioni, los jugadores con cartelito de venta, y con refuerzos. En la cabeza de los dirigentes, había otra postura que D’Onofrio propagó en los últimos días: darles cabida a los juveniles y apostar a la venta de futbolistas para equilibrar las finanzas. Bajo esta coyuntura, Ramón evaluó los costos y decidió pegar un portazo. Sabe que se va cargado de gloria, con un “je” escapándosele de la boca. Cuidando su prestigio. Exponiendo a los dirigentes que nunca lo veneraron y que, así y todo, respiran aliviados porque se sacaron un peso de encima. Habrá que ver si el efecto residual de la renuncia del Pelado no se transforma en un boomerang. Dependerá, claro, de que continúe brillando la banda roja…