En 2012 Adriana Abaca señaló a un traficante ante la Policía y ya no tuvo paz. Balearon su casa, le destruyeron el auto y hasta quemaron la patrulla que la custodia.

Madre de diez hijos y ex empleada policial, hace dos años Adriana Abaca (54) se involucró en una lucha desigual contra los narcotraficantes que hostigaban a su familia y que asolan su barrio, Cametsa, en la zona oeste de Rosario. Desde que los denunció por primera vez, en febrero de 2012, sufrió dos atentados a balazos, amenazas constantes y todo tipo de agresiones. Intentaron usurparle la casa en un ataque comando que lideraba un chico de 11 años armado con una carabina. Sus hijos sufrieron golpizas en la calle y hasta quemaron un patrullero que debía custodiarla, en la puerta de su chalé. El último episodio fue este lunes. “Tengo miedo, pero no me arrepiento de haberlos denunciado”, le dice a Clarín, tras resumir la historia de terror que vive.

Adriana revela que los narcos que la atacan tienen relación con el clan Cantero, líderes de la banda “Los Monos”. Cuenta que se enfrenta, además, “con la connivencia de la Policía con esa gente”.

De todas maneras, cree que de no haber presentado su caso ante la Justicia su situación sería otra. “ No estaría viva. Calculo que ya tendría que haber lamentado la muerte de alguno de mis hijos o la mía”, plantea, descarnada.

La mujer se mudó al barrio Cametsa en 1998. Su hija vive en la parte superior de la casa con su yerno y dos nietos, de 2 y 4 años. Abajo se quedó ella con otros cinco hijos y su esposo, un policía retirado con treinta años de servicio.

En esa casa vivieron episodios escalofriantes. El 24 de noviembre pasado dispararon 10 veces contra el frente. Adriana logró proteger a su familia y llegó a advertirles a los amigos de sus hijos que se fueran.

“Se vienen las balas” , les gritó.

“Mis nietos tenían un colchón tirado en el piso. Miraban televisión. Creo que me iluminó Dios. Los llevé al dormitorio de atrás.

El policía que tenía que estar de custodia no estaba. Uno de los tiros rebotó en el colchón en el que estaba mi nieto acostado. Si no lo saco, me lo matan”, relata.

Los problemas de la familia comenzaron en enero de 2012. Integrantes de una banda comenzaron a hostigar a los hijos de Adriana porque frecuentaban a un grupo de chicas adolescentes. No querían que las vieran. Tampoco podían ir a jugar a la pelota a la plaza o salir a hacer compras porque los agredían. “Prácticamente no nos dejaban mover”, dice Adriana.

La mujer sintió que se llegaba a un límite cuando un hombre, tío de uno de los integrantes de esa banda, amenazó con un arma a uno de sus hijos. Lo denunció y lo marcó: era un conocido narco de la zona. Fue la primera de la decena de denuncias que hizo ante la Justicia en todo este tiempo.

La presentación derivó en un allanamiento. Al hombre que había amenazado a su hijo le secuestraron drogas, una ametralladora y hasta una granada. “Lo vi por televisión y se me heló la sangre. Me dije: ‘¿A dónde te metiste, Adriana?’ ”, recuerda. El narco estuvo preso un mes.

Ahora camina por el barrio sin problemas. Vive a una cuadra y media de los Abaca.

En cuanto liberaron a ese hombre, comenzaron los ataques sistemáticos, los tiros y las amenazas. El lunes pasado fue el último: unas 30 personas apedrearon su casa y le provocaron una fractura en la mano izquierda a uno de sus hijos, de 27 años. “Era una batalla campal. A mí me agarró una crisis de nervios. Gritaba que por favor sacaran a mi hijo. Pensé que no salía vivo por la brutalidad con la que le pegaban”, se angustia.

Adriana cree que los narcos la quieren lejos del barrio no sólo porque los denunció, sino porque la presencia de la custodia policial que la Justicia dispuso para ella –muchas veces deficiente, instalada apenas como un decorado– entorpece la venta de drogas en la zona.

Al principio ella se aferraba a su casa. Ya no. “Con mucho sacrificio me hice la casita en estos 15 años y dejársela a estas personas me duele. Pero no por lo material, sino porque este lugar significó un cambio en mi vida. Pasé de andar con mis hijos a cuestas para todos lados a tener un lugar donde poder criarlos y conservar a mi familia. Es duro dejarla, pero ahora me quiero ir. Quiero que mis hijos estén bien, que puedan hacer una vida normal”, admite a Clarín.

La realidad la empuja a marcharse. Sigue recibiendo amenazas. A través de gente que la frecuenta le llegan comentarios de que la van a bajar . Sus denuncias no lograron modificar demasiado el lado más oscuro del barrio. “Sigue habiendo lugares físicos donde venden la droga, pero ahora los van rotando. Y la modalidad de delivery se intensificó”, explica Adriana mientras una perrita blanca, cachorra, no para de jugar entre sus pies. En honor a un dibujo animé, sus hijos la bautizaron “Kira”. Es la manera como llaman los japoneses a los asesinos seriales.